Él la miraba lleno de rabia, retirándole el pelo de la cara mientras sostenía su mano temblorosa de los nervios que le producía cada palabra que pronunciaba. Se puso de rodillas para estar a su altura y así poder mirarle a los ojos mientras intentaba sacarle una sonrisa. “¡Ey!” -Le dijo- “¿no te das cuenta que ya no tienes nada que perder?”, “tú no necesitas echar de menos tanto, yo estoy aquí”. Ella le apretó la mano y levantó la cabeza. Él estaba allí sonriéndole, estaba radiante. “Tengo millones de sonrisas para convencerte y que despiertes, porque no estás sola”. Ella lo abrazó con todas sus fuerzas, mientras sus lágrimas se secaban con el roce de la camisa remangada hasta el codo que él vestía. En ese instante él se dijo así mismo que esta vez no la iba a dejar escapar. Ella lo miró y mientras se acercaba a sus labios con dulzura, le susurró: “yo tampoco”.
Días raros nos esperan ante esta incertidumbre por el devenir político, económico y social que augura un futuro bastante mediocre. Pero mientras sobrevivimos a este “sinvivir” constante, vale la pena disfrutar de esos pequeños momentos que cada noche, al dormir, dan sentido a la vida.
viernes, 3 de junio de 2011
Nada que perder
Se encontraba en la esquina de un viejo callejón entre lágrimas negras por el rímel corrido. Gritaba en silencio por las continuas mentiras que la vida le había contado desde que tenía quince años. Su mirada estaba perdida y su corazón tan roto por recuerdos que atormentaban su dislocada mente que se decía así misma que nunca jamás volvería amar.
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