Eran tiempos difíciles. La gente se movilizaba contra un sistema que no les representaba. La bandera del necapitalismo ondeaba a media asta. Los cimientos de las grandes potencias europeas se tambaleaban por el estruendo de las voces del pueblo pidiendo un cambio. Lo llamaban “#spanishrevolution” y su sello de apolíticos e indignados se estampaba en cada rincón de la vieja gloria pidiendo una “Democracia real ya”.
Era la llamada del cambio. De un mundo para todos con un voto igualitario sin bipartidismos, ni corrupción. Era el tirón de orejas que España anhelaba tras años de crisis que desembocó en cinco mil parados y el legado de una generación perdida tachada de conformista y acomodada que según defendían los más obtusos de la España intelectual “ni estudiaban, ni trabajaban”
Fue esta generación “Ni-ni” la que despertó ante tanta desvergüenza. Jóvenes con un currículum de cinco páginas que competían por un puesto en el McDonalds. Chicos y chicas explotados con un sueldo de prácticas cieneurista. Un colectivo sobrecualificado que recorre las ventanillas del Inem en busca de una oportunidad que les fue arrebatada por el gobierno de “las oportunidades”. Un sistema en el que “libertad” e “igualdad” nunca vinieron de la mano, aunque nos intentaron vender lo contrario.
Acamparon bajo el SOL. Durante largos días de asambleas y consensos se escuchaba las verdades sobre esa España podrida, una España que penalizaba al currante y ensalzaba al corrupto. Que abusaba del poder al servicio de “Emilios Botines” que ahogaron a familias medias con hipotecas desmesuradas. Una España que hizo de la recesión una campaña de recortes sociales y salariales que afectaban al trabajador de a pie, mientras los grandes dirigentes presumían de sus dietas ricas en lujos.
Indignados siguieron día y noche luchando por una democracia mejor. Ciudadanos de todas las edades e ideologías, trabajadores, parados, jóvenes o jubilados se unieron parar salvar una patria sin futuro. Recibieron duras críticas y las represalias no tardaron en surgir. Pero ellos siguieron con las manos en alto y la voz en vilo silenciando la censura que desde algunos medios intentaron llevar a cabo sin éxito.