Perdí mil noches esperando restos de algo inacabado. Malgasté papel y boli en intentos extraños como los antiguos poetas que desdichados por amor, olvidaban las horas que componen el día convirtiéndolas en largos argumentos de cientos de poemas sin versos ni rima. Pero nunca me di por vencida. Seguí escribiendo y escribiendo aunque mi pulso era bastante tembloroso y apenas tenía sentido lo que decía.
A veces las ideas, los recuerdos, los anhelos se amontonaban en una sencilla palabra que me negaba y me niego a pronunciar. En otras ocasiones el sentido de mi camino se desviaba por senderos que en un principio rechazaba pero que al final tuve que asumir para poder serme fiel a mí misma.
Así que me senté delante de un espejo y tras largos silencios de miradas indiscretas y preguntas incómodas, asumí mis condiciones y me esforcé por llevarlas a cabo. El papel estaba ahí delante de mis narices y mi límite a unos años luz, por eso seguí viendo destellos de luz en lugares llenos de vida, de amor, de felicidad, de magia y fantasía, aunque yo todavía estuviese borrando los tachones de una antigua vida creyéndome que nunca aprendería nada.
Sin embargo, comencé a tocar el suelo con mis pies descalzos, sintiendo el palpito de la arena entre mis dedos bajo el radiante sol de la primavera. Y entonces supe en ese instante que por fin sería libre y más que nunca sería yo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario