domingo, 27 de marzo de 2011

Mi-Momento

Al contrario del resto de los mortales cuando yo estoy deprimida no me encierro en mi cuarto y veo películas de amor o escucho canciones tristes para ahogar las penas, sino todo lo contrario, intento pasar el menor tiempo posible enjaulada entre esas malditas cuatro paredes y salgo a la calle. Allí el aire libre me renueva y me devuelve a la vida real, esa que dejé aparcada para adaptarme a terceras circunstancias que no eran lo que yo tenía planeado pero que a veces aparecen sin avisar y cambian todas mis convicciones. Pero estas cosas se superan y lo mejor para ello es salir, disfrutar del viento, del sol, de las terrazas llenas de gente tomando un café caliente, del río y su brisa acariciándote el pelo, de la playa, de las risas, de las bromas, de los amigos… lo que quiero decir es que las adversidades hay que tomarlas por el lado positivo, hay que intentar disfrutar de aquello que antes pasaba inadvertido. Todos los días me despierto con la sensación de que algo nuevo me va a suceder y me acuesto pensando en la experiencia del día, en aquella persona que he conocido durante unas horas y me ha hecho olvidar los problemas por un instante. Pienso en cómo me siento y me he sentido antes de todo este cambio. A veces dudo, pero otras veces sonrío y duermo tranquila porque sé que voy por buen camino, ¿que es duro? Pues sí, lo es, es muy complicado romper con el pasado, evitar todo aquello que te vincula a algo o alguien para no mirar hacia atrás nunca más. Pero en esta vida si he aprendido algo es que hay que mirar por uno mismo y quererse y mimarse para seguir adelante y ser feliz. Y cuando se consigue, cuando de verdad sientes que todo va bien, que nada ni nadie te hace daño, que por fin eres feliz, esa sensación querida amiga, es la mejor experiencia de la vida.

miércoles, 9 de marzo de 2011

tachones en vano


Perdí mil noches esperando restos de algo inacabado. Malgasté papel y boli en intentos extraños como los antiguos poetas que desdichados por amor, olvidaban las horas que componen el día convirtiéndolas en largos argumentos de cientos de poemas sin versos ni rima. Pero nunca me di por vencida. Seguí escribiendo y escribiendo aunque mi pulso era bastante tembloroso y apenas tenía sentido lo que decía.
A veces las ideas, los recuerdos, los anhelos se amontonaban en una sencilla palabra que me negaba y me niego a pronunciar. En otras ocasiones el sentido de mi camino se desviaba por senderos que en un principio rechazaba pero que al final tuve que asumir para poder serme fiel a mí misma.

Así que me senté delante de un espejo y tras largos silencios de miradas indiscretas y preguntas incómodas, asumí mis condiciones y me esforcé por llevarlas a cabo. El papel estaba ahí delante de mis narices y mi límite a unos años luz, por eso seguí viendo destellos de luz en lugares llenos de vida, de amor, de felicidad, de magia y fantasía, aunque yo todavía estuviese borrando los tachones de una antigua vida creyéndome que nunca aprendería nada.

Sin embargo, comencé a tocar el suelo con mis pies descalzos, sintiendo el palpito de la arena entre mis dedos bajo el radiante sol de la primavera. Y entonces supe en ese instante que por fin sería libre y más que nunca sería yo.