
Una vez más las antiguas pesadillas vinieron a visitarme para recordarme todo aquello que dejé enterrado en un cajón oscuro de mi mente. Los silencios cobraron vida y con su torrente voz me arrastraron al presente de mi pasado para revivirlo, como dije, una vez más.
Una vez más, me vi obligada a dejar mi orgullo a un lado, para sobrevivir ante el jurado que me observaba desde su atril señalándome como culpable antes de poder justificar mi inocencia, una inocencia sincera pero que, enrevesada por los rumores que se clavan como afiladas cuchillas, tiñeron de negro mi integridad y tuve que explicar, una vez más, aquello que no debía justificarse.
Estando ahí, recordé ese viejo sentimiento entre miedo y coraje que me envenenaba hasta las entrañas por sentirme tan pequeña ante ese dedo acusador que no sabía de lo que hablaba, pero ahí estaba, tan seguro y convincente que por un momento le creí. Pero no, no era cierto, ninguna de las palabras que pronunciaba hablaban sobre mí, porque no era mi vida la que reflejaba, solo era un sonido que caía por su propio peso, pero los rumores son así, afiladas palabras que se adentran en tu mente y no te dejan escapar. Versos amargos que entristecen el rostro de todo aquel que pasa por su lado.
Qué arma tan letal es la palabra, es capaz de nublar hasta la razón más lúcida de un hombre. Y Qué débil es el coraje de un enamorado, cuando es incapaz de confiar en su propio venerado. ¡Ay que será del amor cuando esté contaminado! Cuando no existan Romeos capaces de luchar por sus Julietas. Ya no existen tragicomedias como las de antaño, ya no hay luchas de galanes ni doncellas locamente enamoradas, ahora solo hay miradas inquisitivas esperando algún tropiezo para publicarlo a los cuatro vientos.
Pero que voy a decir yo… C´est la vie!