domingo, 25 de julio de 2010

CELOS


Faltándome el respeto vi, de vuelta y media, como mis principios daban paso al vago influjo de los celos. Yo que me consideraba una mujer de convicciones fuertes, me veo embaucada al abismo de las duras confusiones de mi mente, dislocada por hechos o dichos que, según los mire, pueden ser ciertos o puede que no.

Pero quien sabe. Las dudas son infernales y las lenguas viperinas pueden nublar hasta las mentes más lúcidas. Y yo que no soy nada lúcida, me dejo llevar por la marea caprichosa, esa que me sumerge en lo más profundo de la locura de mis pensamientos; Esos tan puros, esos tan viriles, esos que con un solo soplo se desmoronan al segundo de construirlos.

Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que las palabras eran suficientes para demostrar el amor. Los hechos sólo daban validez a esa oleada de señales que sentía tan veraces. Pero tus continuas búsquedas de oscuros pasajes enturbiaron mis virtudes. La desconfianza nubló tu mente y agotó mi cordura. El desengaño rondaba por cada paso que dábamos. Primero tú, ahora yo. Y a así estamos, tan enamoradamente desconfiados, incapaces de escuchar los impulsos de nuestro corazón.

Será porque desde el principio no fuimos corrientes. Tú me culpabas por mis malabares entre cales y arenas movedizas, mientras que yo me cegaba ante tu destreza como encantador de sueños. Y así, llegamos a la conclusión de que ni contigo ni sin ti, de que quizás debamos lo que nunca hacemos, porque en el fondo por mucho que digamos es demasiado lo sentido y tanto lo vivido que me está permitido incluso decir, que hasta mis ideas se ven arrodilladas ante el estupor de nuestra visión -conjunta- de lo que es una verdadera pasión, que no una obsesión... y ahí está el matíz.